Ciudad del Rock, ciudad de rockers, ciudad con latidos de metal.
Ciudad de acordes eclécticos y ecos metálicos, de acero y piel, como dice una lírica que tengo pegada en la mente, pero también de pasos de hierro, de voluntades forjadas en crisoles ancestrales, de dioses rebeldes y guerreros del metal habitando esta ciudad de contrastes.
En las esquinas de esta caótica Bogotá suenan esos ritmos bien populares. Confluye la cadencia envolvente, sinuosa, que hace vibrar el cuerpo. Bailan los jóvenes. Pero son otros ritmos, otras identidades, o tal vez la ausencia de ellas.
Nuestros riffs, nuestra esencia y nuestra alma permanecen. Se esconden a plena vista. Están en otras esquinas, en otros escenarios, en una bruma underground que el espectador tradicional muchas veces no identifica ni traduce. Vibran fuerte, aunque en otras frecuencias, las guitarras y los drum beats. Corren por las venas, corren por las calles de esta city.
Y el Parque…
El Parque se abre a estos riffs. Se abre al flujo de innumerables ríos de melenas, cadenas y cuero. Las gárgolas salen de su espacio underground una vez al año. Una vez al año se manifiestan y se convocan en torno a la cofradía del Parque.
Pero la ciudad no espera un año.
Bogotá, Bogotá Ciudad Rock, Bogotá del rock, Bogotá del metal: la Bogotá que se construye noche a noche en eventos, en toques, en conciertos, en festivales independientes. Antes, durante y después de Rock al Parque, la ciudad continúa haciendo rock.
La ciudad que construye su propia escena
Bogotá Ciudad Rock es también esa ciudad que se ha construido a través de los años, muchas veces sin un compromiso real y sostenido del Estado con el desarrollo de una escena y una industria del rock y el metal que nunca terminaron de consolidarse.
Una ciudad que anda los pasos del rocker, que siente los pasos del metalero, que escucha alto y fuerte los riffs melódicos de las guitarras y que se confunden con los sonidos cotidianos: el motor del TransMilenio, el megáfono del perifoneador, el pito del carro, la sirena de la ambulancia.
Sonidos de ciudad mezclándose con sonidos de escena Rocker.
Esa es la Bogotá Ciudad Rock que conocemos.
La Bogotá Ciudad Rock que en 2006 arrancó con el Festival Bogotá Ciudad Rock, como un festival independiente de rock y metal, construido desde la autogestión y la independencia.
Un festival que nació porque había una escena que necesitaba espacios de circulación, promoción y visibilidad.
Una escena que necesitaba algo más.
Necesitaba fortalecimiento.
Necesitaba desarrollo.
Necesitaba memoria.
Necesitaba que el rock y el metal fueran entendidos no solamente como expresiones artísticas que podían ocupar ocasionalmente un escenario, sino como parte de un ecosistema cultural y económico de la ciudad.
Bogotá Ciudad Rock estuvo presente entre 2006 y 2018 en escenarios del rock de Bogotá y en otros espacios y circuitos cercanos, llegando a públicos y comunidades de distintos lugares.
Entre sus muchos aciertos y colaboraciones vale mencionar la invitación de las bandas Guerra Santa y Death Mortor, desde Venezuela, en momentos en que este tipo de intercambios eran especialmente complejos para organizaciones independientes.
También está la historia de Hotel Mama, ganadora de la tercera edición de Bogotá Ciudad Rock en 2007 y posteriormente participante de Rock al Parque. Hotel Mama fue además uno de los proyectos musicales anteriores de Pedrina, quien años después formaría junto a Javier Cerón el proyecto Pedrina y Río.
Mencionamos también a Resina Lalá, que participó en Bogotá Ciudad Rock y ganó el concurso Expo Rock en 2008, para luego llegar a Rock al Parque en 2012 y a Lollapalooza Chile en 2013. No es culpa directa de Bogotá Ciudad Rock, pero se puede enumerar como un escalón de salida para construir su identidad musical.
Entre los proyectos que hicieron parte de ese circuito también mencionamos la participación de The Mills, otra agrupación que posteriormente tendría una trayectoria importante dentro de la escena musical colombiana.
Y aquí está precisamente una parte de la historia que no deberíamos olvidar: mientras Rock al Parque crecía como el gran evento anual asociado institucionalmente al rock de Bogotá, también crecía una escena permanente que no cabía dentro de un solo parque durante unos pocos días del año.
El Parque y la ciudad
Así pues, nos enfrentamos a una dicotomía.
La dicotomía del Parque frente a la ciudad.
La dicotomía del evento anual frente a la serie de eventos permanentes y semanales; frente a los escenarios que se construyen día a día en los espacios nocturnos de la ciudad, donde se comparte un riff, una cerveza, un bourbon, unas notas líricas y algo más que fraternidad: una cofradía de metal, de rock, una cofradía de acero y piel.
Sigo con esa canción en la cabeza, con esa lírica:
“acero y piel”.
Rock al Parque es importante. Ha marcado una historia y forma parte de la memoria cultural de Bogotá. Pero Rock al Parque no es toda la historia del rock de Bogotá.
El Parque es un espacio.
La ciudad es mucho más grande.
Y la escena existe antes, durante y después del festival.
Esa distinción importa.
Porque cuando hablamos de Rock al Parque no deberíamos confundir el nombre del festival con la totalidad de la escena que representa. El rock de Bogotá no nació en el Parque y tampoco desaparece cuando termina el festival.
Y tampoco puede el Parque arrogarse el derecho a utilizar una marca con trayectoria y reconocimiento dentro de la escena, como lo es Bogotá Ciudad Rock, para usarla a su libre albedrío y sin el mínimo reconocimiento a su ejecución, trayectoria y logros.
Aunque, en la infinita sabiduría tecnocrática del Estado, el Parque cierra y las bandas dejan de existir, la economía se estanca, la música desaparece, hasta doce meses después, cuando llegan nuevamente los tecnócratas a descifrar la escena, a postular escenarios y definir conceptos del rock, a determinar qué tanto se puede estirar la definición de rock, para que podamos traer a una “Shakira”, o artista similar, que nos llene el festival y justifique nuestros salarios, aunque en el proceso sacrifiquen el Rock en el altar de las corporaciones de eventos masivos.
Rock al Parque puede ser una ventana, pero la ciudad es el territorio donde la escena se construye durante todo el año.
¿Qué hace el Estado con esa escena?
Rock al Parque NO debería hacer un uso sin reconocimiento de la memoria de “Bogotá Ciudad Rock”, más cuando el propio festival del Parque cierra el uso y aprovechamiento de su propia identidad gráfica para la escena productiva del rock y el metal.
Mientras Rock al Parque protege sus activos de identidad de marca y limita la oportunidad de aprovechamiento y desarrollo económico de esa marca por parte de los emprendimientos y marcas de la escena Rock y Metal, que desde nuestra perspectiva, creemos que esos activos deberían ponerse al servicio productivo de la escena Rock y Metal.
Rock al Parque hace uso, sin sonrojarse y sin ningún reconocimiento fáctico o legal, de una marca y de un proceso reconocido dentro de la escena Rock y Metal.
Así que:
¿Cuál es la responsabilidad del Estado frente a una marca distintiva que durante muchos años estuvo presente en la ciudad de Bogotá?
¿Puede el Estado de un plumazo borrar toda la historia y toda la memoria de un festival y circuito de eventos cuya importancia se reconoce en artistas que hoy forman parte del mainstream del rock bogotano?
¿Puede el Estado de un plumazo apropiarse de una marca que tiene memoria, recordación y, como si nada, hacer un uso, presuntamente abusivo de ella?
Realizar un gran festival al Parque una vez al año no necesariamente significa construir una industria. Apropiarse de una marca que sí contribuyo con la construcción de la escena en el día a día, como lo llamaríamos??? Apropiación de valor cultural???
La memoria también es patrimonio
Por eso la discusión sobre Bogotá Ciudad Rock no debería reducirse a una marca.
Detrás de ese nombre hubo personas, bandas, escenarios, productores, públicos, fotografías, afiches, noches, viajes, encuentros y más de una generación de músicos que encontraron allí espacios para comenzar o consolidar sus recorridos.
Tal vez, aquí sea pertinente recordar la pregunta editorial de nuestra próxima edición impresa de El Fanzine del Rock, edición especial Rock al Parque 30 años, e invitarlos a que nos ayuden a responderla en los comentarios:
¿Cuál es esa pregunta que NO ha respondido Rock al Parque en 30 años?
Y una de las posibles preguntas ya la hemos planteado desde este artículo:
¿Puede el Estado apropiarse tranquilamente de la marca “Bogotá Ciudad Rock”?
Recordar Bogotá Ciudad Rock
Así pues, y fieles a nuestro compromiso de memoria desde El Fanzine del Rock, venimos a poner de presente la memoria.
La memoria de la City.
La memoria de la ciudad.
La memoria de Bogotá.
La memoria de Bogotá Ciudad Rock.
El festival y ecosistema independiente que marcó un hito en la historia del Rock y el Metal distrital y que abrió un camino para muchas bandas y artistas que hoy son reconocidas en los escenarios distritales, nacionales e incluso internacionales.
Hoy, estimados compañeros, los invitamos a recordar Bogotá Ciudad Rock.
Un circuito independiente de descubrimiento y desarrollo de bandas, que utilizó el formato de concurso y festival como mecanismo para identificar nuevos artistas, darles escenario, generar públicos, producir material y conectarlos con medios, actores y agentes de la industria.
Esa historia merece ser recordada.
Y cuando una institución utiliza hoy esa misma denominación dentro del relato oficial de los 30 años de Rock al Parque, la pregunta por la memoria deja de ser solamente histórica.
Se convierte también en una pregunta sobre reconocimiento.
¿Quién construyó esa identidad?
¿Quién la sostuvo cuando todavía no tenía valor institucional?
¿Quiénes hicieron de Bogotá una ciudad de Rock antes de que esa expresión pudiera convertirse en concepto oficial?
Cierro con esta reflexión, que tal vez compartan conmigo:
Rock al Parque puede tener un Parque, una vez al año, pero el Rock… el Rock tiene a la Bogotá Ciudad Rock, y ella es eterna.