Rock al Parque 30 años: ¿Arranca la revolución contra-cultural?
Quienes hemos asistido a la plazoleta de eventos del parque Simón Bolívar sabemos, porque lo hemos sentido, cómo tiembla el suelo cuando cientos o miles de ciudadanos empiezan a saltar al unísono tras escuchar ese primer riff de la banda que tanto ansiaban ver sobre el escenario. Pero este año la marea, el temblor, fue de otra manera: fue cultural, fue contracultural y fue revolucionario…
Desde temprano y desde múltiples puntos cardinales, la rebeldía y la revolución se hacían presentes. Banderas ondeantes de la #PalestinaLibre, camisetas y consignas en defensa del agua, de los páramos y de los derechos de los ciudadanos fueron componiendo una atmósfera de resistencia y contestación social y política. Una expresión colectiva, sorpresiva y cultural de resistencia que, desde el Rock y el Metal, se manifiesta frente a la injusticia, las violaciones de los derechos humanos y las expresiones de autoridad percibidas como autoritarias o con tintes fascistas.
Y es que, aunque al Gobierno nacional y al Distrital no les guste el escrutinio público ni la fiscalización ciudadana de sus actuaciones, hubo un grito que atravesó los escenarios del festival: «¡Abelardo, gonorrea! ¡El pueblo NO copea!».
Más que un grito dirigido a una persona concreta, la consigna puede interpretarse como una expresión de inconformidad frente a una figura de autoridad que buena parte del público asocia con el autoritarismo y con tintes fascistas. Así, la consigna puede leerse más allá de su destinatario personal y expresar la inconformidad frente a múltiples acciones y actuaciones de la Presidencia que parte del público llega a identificar como «poco» democráticas.
Durante los últimos años, asistíamos a escenarios donde el Rock parecía perder parte de su sentido rebelde y contracultural, tal vez en favor de una escena, una industria y un público local que, después de treinta años y muchísimos más, todavía no hemos logrado consolidar como una escena sostenible. ¿Nos equivocamos al pensar que esa rebeldía se había debilitado? La consigna del público nos lleva a preguntarnos si estamos ante la recuperación de ese espíritu rebelde y antiautoritario que asociamos históricamente con el Rock y el Metal. Tal vez esa connotación contracultural nunca desapareció; quizá permanecía latente, esperando el momento de recuperar su propio grito de libertad. ¿Fueron los treinta años de Rock al Parque el detonante que hizo resurgir esa memoria cultural, o esa rebeldía siempre estuvo ahí y fue esta edición la que volvió a ponerla en primer plano?
Es más, la consigna revolucionaria del público encontró eco también en otros escenarios culturales, como MedaYoung y Altavoz. Las juventudes, las expresiones artísticas y las manifestaciones sociales nos recuerdan que la cultura no se limita al consumo de espectáculos (¿deberíamos contárselo a IDARTES?): también es un espacio donde se construyen identidades, se expresan inconformidades y se disputan los sentidos de la libertad, así como las formas de entender y comunicar lo político y lo social.
Es en este espacio abierto, entre humo, festival y folclore rocker, donde encontramos señales de una batalla contracultural que merece ser examinada. Una batalla que no comenzó en esta edición, pero que parece haber recuperado una voz colectiva. En medio de las discusiones políticas de nuestro tiempo, esta situación nos obliga a preguntarnos por el lugar del Rock y el Metal frente a los discursos que pretenden definir cómo debemos vivir, pensar y relacionarnos.
La batalla cultural: ¿qué lugar tiene reservado para el Rock?
Desde la perspectiva del argentino Agustín Laje, la batalla cultural es una disputa por la hegemonía de las ideas frente a lo que considera el predominio progresista, especialmente en asuntos como el feminismo, la diversidad sexual, el género y la familia. En esa disputa se cuestionan referentes culturales y concepciones de derechos que han sido construidos y ampliados a través de luchas históricas. Desde nuestra lectura crítica, estas discusiones no son simples diferencias de palabras: también expresan una confrontación sobre qué libertades se reconocen, cuáles se garantizan y cuáles se ponen en cuestión.
Si desde sectores vinculados al presente Gobierno nacional se cuestionan o redefinen referentes culturales, como sugieren algunas declaraciones y decisiones de la directora del ICBF en torno al lenguaje institucional y la concepción de familia, ¿qué lugar deben ocupar el Rock y el Metal, históricamente asociados con la rebeldía, la contestación, la denuncia de las violaciones de derechos y la pérdida de libertades? ¿Podríamos estar asistiendo a la génesis de una batalla contracultural desde el Rock y el Metal, en respuesta a la batalla cultural de Agustín Laje?
Esta disputa viene de tiempo atrás y también atraviesa nuestra formación como ciudadanos: el lugar que ocupan la historia, la ética y las ciencias sociales en la comprensión de la democracia, la Constitución y los derechos que nos corresponden.
¿Cómo reconocemos las conquistas sociales, identificamos las amenazas a nuestros derechos y defendemos las garantías constitucionales si desconocemos los procesos históricos que les dieron origen? La formación académica no es el único camino para desarrollar pensamiento crítico, pero sí uno fundamental.
La pregunta cobra relevancia ante la llamada batalla cultural, promovida por sectores de las nuevas derechas, especialmente las radicalizadas. Esta disputa busca transformar las ideas, los valores y los referentes desde los cuales interpretamos la sociedad. Frente a ella, ¿pueden el Rock y el Metal abrir espacios de discusión, formación contracultural, rebeldía y pensamiento crítico? ¿Dónde se inscriben el Rock y el Metal en esta batalla? ¿Entran o no entran?
Si la batalla cultural consiste también en disputar los conceptos y significados de palabras como libertad, rebeldía y revolución, el Rock no puede quedar por fuera de la conversación. Desde nuestra perspectiva, su historia contestataria y sus múltiples expresiones de denuncia tienen mucho que aportar a esta discusión. Sus expresiones culturales nos ofrecen, además, un escenario para observar en tiempo real cómo se construyen, transforman y disputan esos significados.
El Rock no es un sujeto político, pero tampoco nació para quedarse callado
Resulta irónico encontrar rockeros o metaleros de ultraderecha cuando la historia del Rock se ha construido, en buena medida, desde la rebeldía y la contestación frente a las normas sociales. Desde sus raíces vinculadas a las tradiciones afroamericanas del blues hasta sus múltiples expresiones contemporáneas, el Rock ha servido para denunciar injusticias, cuestionar el poder y acompañar causas sociales y de defensa de derechos. ¿Cómo explicar, entonces, que surjan expresiones que reivindican valores arcaicos, cuestionan derechos conquistados o incluso promueven discursos de supremacía racial? La ironía histórica merece, por lo menos, una reflexión.
¿Pueden el Rock y el Metal constituirse en sujetos políticos capaces de intervenir en las disputas culturales y sociales?
Esto no significa que debamos encasillar al Rock en espacios de izquierda o de derecha. El Rock y el Metal, y más ampliamente el arte en su esencia, no tienen una orientación política per se, ni todos sus artistas ni todos sus públicos comparten las mismas convicciones. Sería absurdo, entonces, desconocer la diversidad de posturas que conviven en sus escenarios. Sin embargo, tampoco podemos ignorar la ironía histórica que supone encontrar expresiones del Rock y el Metal defendiendo ideas contrarias a algunas de las luchas por la libertad y los derechos que han marcado su trayectoria.
En distintos momentos de su historia, estas expresiones del Rock y el Metal han servido para cuestionar la autoridad, denunciar injusticias, defender libertades y acompañar a sectores vulnerables. Han sido espacios de inconformidad y contestación, aunque sus expresiones y significados políticos hayan cambiado según las épocas y los contextos.
Para entender estas tensiones, conviene distinguir tres dimensiones: el artista, la obra y el público. El artista, como sujeto político, define sus convicciones, compromisos y el alcance esperado de su creación. Por otro lado, su obra puede expresar esas posiciones, pero también recorrer caminos distintos. En otras palabras, la connotación política de una creación no es tácita ni implícita en sí misma, sino que también depende de la interpretación que hacen de ella el artista y su público. Por último, el público interpreta, resignifica y se apropia de la creación artística desde sus propias experiencias, incluso atribuyéndole sentidos políticos que su autor no pretendía.
Por eso, una canción puede convertirse en un himno de protesta sin haber sido concebida como un manifiesto político. Un festival puede ser apropiado por movimientos sociales sin que todas las bandas participantes pertenezcan a ellos. Y una consigna del público puede desbordar el escenario y adquirir un significado político propio.
Aquí aparece una alerta temprana frente a la censura: los artistas y las bandas deben tener libertad para crear sus obras, y el público debe poder interpretarlas y atribuirles significados políticos o no políticos. Por eso resulta preocupante que desde distintas voces se promueva la censura de artistas participantes en Rock al Parque o en otros festivales financiados con recursos públicos. La crítica a una obra o a las posiciones de un artista forma parte del debate cultural; impedir su participación por sus ideas plantea otro problema, especialmente cuando están en juego la libertad de expresión y los criterios de programación pública.
¿Será por eso que el Rock parece entrar con tanta facilidad en tensión con los discursos de la ultraderecha? No porque exista una incompatibilidad automática entre un género musical y una corriente política, sino porque buena parte de la tradición contracultural del Rock se ha construido alrededor del cuestionamiento de las autoridades, las convenciones y los poderes establecidos.
Los hijos del Rock, ¿los hijos de la revolución?
Hubo algo más en esta edición de Rock al Parque que nos sorprendió gratamente: el relevo generacional que encontramos en muchas familias. Madres, padres e incluso tíos con varias décadas de historia rocker asistían al festival acompañados de hijos y sobrinos adolescentes que vivían sus primeras experiencias en estos escenarios. Una imagen que invita a pensar que el relevo generacional del Rock sigue en marcha.
La imagen de padres que, después de tres décadas de festival, llegan ahora con sus hijos tiene algo especial. Quienes alguna vez fueron jóvenes frente a un escenario son hoy quienes acompañan a una nueva generación a descubrir esas músicas, esos espacios y esas formas de encuentro. ¿Cuántos de esos hijos crecieron escuchando las historias de las primeras ediciones, las bandas que marcaron a sus padres y las canciones que acompañaron sus vidas?
La continuidad del Rock también se juega allí, en esa transmisión entre generaciones. Los padres pueden acercar a sus hijos a una cultura, pero no decidir por anticipado qué harán ellos con ella. Cada generación recibe una herencia, la transforma y, en ocasiones, se rebela contra ella. Así ha ocurrido con el Rock y así puede seguir ocurriendo.
¿Son los hijos del Rock? ¿Son los hijos de la revolución? Tal vez sean ambas cosas, o quizá construyan algo distinto a partir de lo que recibieron. Lo cierto es que el Rock y el Metal pueden dejar una huella en sus vidas y que, dentro de algunos años, quizá recuerden estos escenarios con la misma nostalgia con la que hoy conmemoramos aquellas primeras tres décadas.
Treinta años después, Rock al Parque sigue reuniendo generaciones, músicas, causas y maneras distintas de entender la libertad. Y si esta edición dejó una señal, fue la de un público que no se limitó a escuchar: también quiso expresarse, ocupar el espacio y hacer oír su voz.
Quizá el temblor que sentimos bajo los pies no haya sido solamente el de miles de personas saltando al ritmo de un riff. Quizá también haya sido el de una cultura que vuelve a preguntarse por su lugar en la sociedad, por su relación con el poder y por el sentido de su propia rebeldía. Tal vez estemos ante una contracultura que comienza a disputar la batalla por los conceptos y significados que se quieren imponer.
Y, treinta años después, esa pregunta sigue sonando. Tal vez estemos asistiendo a la génesis de otra forma de música de protesta, no necesariamente porque haya nacido un nuevo género ni porque toda canción de Rock o Metal se haya convertido en una consigna política, sino porque la protesta también puede expresarse en la apropiación colectiva de un escenario, una canción, una bandera o una frase capaz de representar el sentir de una multitud.
Y si todo eso viene acompañado de riffs y drumbeats de Rock y Metal, pues mucho mejor.
Juan José García R.
@JotaTriada
Director / El Fanzine del Rock / Fundación EcoTríada Rock
Bibliografía y fuentes de consult
- Laje, Agustín. La batalla cultural: Reflexiones críticas para una Nueva Derecha. HarperEnfoque. https://www.harperenfoque.com/9781400238507/la-batalla-cultural/
- «De los márgenes al mainstream. Agustín Laje y la “batalla cultural” de las derechas radicalizadas». SciELO. https://www.scielo.org.pe/scielo.php?pid=S2071-50722024000100007&script=sci_arttext
- Castro Rubel, Jorge Daniel. «La noción de “batalla cultural” en el pensamiento anti-igualitario de Agustín Laje». Universidad Nacional de La Plata, 2024. https://sedici.unlp.edu.ar/handle/10915/182892
- «¿Por qué el ICBF pide usar “niñez” en lugar de “niñas”? La decisión que genera polémica». Semana, 21 de agosto de 2026. https://semana-semana-prod.cdn.arcpublishing.com/nacion/articulo/por-que-el-icbf-pide-usar-ninez-en-lugar-de-ninas-la-decision-que-genera-polemica/202606/
- Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF). «Directora general del ICBF pone en conocimiento de la Fiscalía amenazas y hostigamientos posteriores a la difusión de un video que habría tergiversado su intervención en el Senado». https://www.icbf.gov.co/noticias/directora-general-del-icbf-pone-en-conocimiento-de-la-fiscalia-amenazas-y-hostigamientos